EN VISPERAS DEL FIN DEL MUNDO
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UN CONCLUYENTE ENSAYO SOBRE LA CARNE PICADA Y LAS DESVENTURAS DEL TIO ANDY

 

Cuentan que el tío Andy consiguió introducir su persona y andanzas en Embutidos Choriski LTD, allá por el periodo de la Gran Depresión. En aquel año célebre, en el que no había nacido y del que no guardo muchos recuerdos, todos, salvo el ínclito Rokefeller, estaban deprimidos por la Bolsa. Más allá de las caras largas provocadas por los valores de renta fija, sólo existía el charleston y una extraordinaria orgía de psicoanalistas enfebrecidos por sus minutas, adquirendo coches caros y cambiando de querida cada semana a cuenta de los ahorradores arruinados.

Mi tío, ajeno a todo ello, pero no insensible a los encantos de la hija del maestro charcutero, el polaco Choriski, que había montado la empresa recien llegado de Silesia, para aspirar a su mano — a la de la hija del charcutero tirano, no a la de éste - y a la felicidad completa, se propuso labrarse una buena posición a base de descuartizar carne y embutirla en tripa sintética, lo cual fue su principal aportación al negocio del chorizo, si bien algún cliente exacerbado llegó a denunciar un cierto regusto a plástico del embutido: "Habladurías, sin duda"- espetó mi tío con la solemnidad propia del caso ante el presidente del tribunal donde fue llevado por impostor y delincuente contra la salud nacional.

Después de tener que abandonar embutidos Choriski, obligado por la fuerte presión de la prensa que le acusaba sin pruebas de ser el responsable de la desaparición de los mininos de la ciudad, mi tío llegó a la conclusión de la volatilidad del negocio de la tripa sintética y se retiró a su lujosa mansión construída sobre los retortijones de barriga de miles de compatriotas, consumiendo el resto de sus días tocando la fanfona, actividad en la que era gran virtuoso, no obstante las imprecaciones de mi tía, de la que acabó deshaciéndose remitiéndola al viejo polska charcutero en un gran bol convenientemente sazonada. Tío Andy — y con esto concluye la historia y mi tío - murió cavilando sobre la injusticia social que le había impedido atestar cada rincón del planeta con sus chorizos pringosos.

Aquel aciago año, además del suceso de los chorizos envenenados, otras catóstrofes se cernieron sobre la humanidad, como el eclipse solar y la prórroga en la programación de "Tómbola", programa televisivo indescriptible (llamarlo así es una buena manera de hacerle un favor a la productora) donde un relamido presentador divertía a la concuerrencia relatando hazañas y chismes hogareños de los famosos.

Hubo también un eclipse solar, pronosticado unas centurias antes por Ptolomeo el sefardí, si bien con un pequeño margen de error de 357 años, y que también había servido de argumento a un tal Nostradamus, individuo de natural pesimista que se empeñaba en escandalizar a todo el mundo anunciando hecatombes sin cuento. El tipo pergreñó las profecías llamadas Centurias Astrológicas describiendo no sólo lo que había salido mal desde el origen de la humanidad, que era casi todo, sino anunciando además que la cosa iría a peor. El médico y astrólogo franchute, ya metido en harina, se lió a inventar el horóscopo y les hizo unos cuantos a Catalina de Medici y Enrique II en los que los monarcas franceses salían particularmente bien parados, al igual que a Carlos IX el tartamudo quien, en agradecimiento y aunque nunca llegó a hablar con la brillantez de un catedrático, nombró al astrólogo médico de la corte para tenerle a mano y sacarse por la gorra las clases de logopedia.

 



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